Todos somos abejas
- Gabriela Romero

- 8 ago 2025
- 2 Min. de lectura

Lo que ellas nos dicen y lo que no queremos escuchar
Desde que las abejas llegaron, siempre sentí que era una bendición.
Su sola presencia ya era medicina: el zumbido constante, la manera en que se multiplicaban como si la vida les sobrara y su incansable disposición para trabajar.
La miel, desde el primer momento, me pareció oro líquido.
Un regalo sagrado, invaluable.
Y comprendí que, si podía darles un lugar en mi vida, sería honrando su trabajo y valorando su miel como el tesoro que es: tiempo, esfuerzo y vida destilados en una gota dorada.
Con el tiempo, empecé a sentir que ellas nos hablaban.
Nos decían que el tiempo se agotaba, que querían volver a ser reverenciadas por lo que realmente son.
Y comprendí que, aunque nosotros dependemos de ellas, ellas también necesitaban de nosotros.
Al principio eran fuertes; lo único que había que hacer era darles más espacio.
Pero poco a poco, el cuidado se volvió más delicado.
El clima se tornó extremo.
Sin nuestra ayuda, ya no lograban sostenerse.
Y es increíble que, con el pasar de los años, en lugar de despertar y reconocer cómo estamos destruyendo el planeta, hayamos seguido acelerando este deterioro.
No vemos —o no queremos ver— que el clima se vuelve más extremo precisamente por nuestras propias acciones.
Persistimos en la ilusión de estar en la cúspide de la creación, olvidando que somos solo una parte más de un superorganismo vivo, interconectado, donde cada ser tiene un papel esencial.
Las abejas viven y prosperan como comunidad; nosotros, en cambio, nos hemos separado del todo que nos sostiene.
Este último invierno fue implacable: se llevó casi la mitad de la población de abejas.
Y así, silenciosamente, se van cumpliendo las profecías que ellas mismas nos han susurrado:
cada vez menos hábitat, más presión sobre los recursos, menos espacio para los polinizadores.
Ellas nos lo repiten una y otra vez: no son ellas las que necesitan ser salvadas.
Porque, en realidad, todos somos uno.
Todos somos abejas.
Lo que necesitamos —y ojalá no sea demasiado tarde— es responsabilizarnos.
Si talamos un árbol, plantar veinte.
Si generamos basura, recogerla y darle un destino que honre a la Tierra.
Si tomamos algo de ella, devolverlo en abundancia.
Si la Tierra nos bendice, regenerarla.
Es la regla universal.
El Ayni de los Incas.
La ley de dar y recibir que sostiene el equilibrio de la vida.
Porque la pregunta nunca fue cómo salvar a las abejas.
La pregunta es: ¿Cuándo vamos a salvarnos nosotros?
María Gabriela Romero Landázuri



























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